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miércoles, noviembre 05, 2008

DESECHA ROSA DE MANUEL ROJAS

Por primera vez me animo a subir algo que no escribí. Leyendo Manuel Rojas: Estudios críticos me acordé de este poema que aparece como extracto en el prólogo de su libro Mejor que el vino, que pertenece a la tetralogia basada en su personaje y alter ego, Aniceto Hevia. Los otros libros que componen estas historias son: Hijo de ladrón, Sombras contra el muro y La oscura vida radiante.


DESHECHA ROSA

1

Construido con elementos de timidez y de urgencia,

de pasión y de silencio;

a través de ganzúas y de ladrones hábiles,

acompañado de anarquistas perseguidos por la policía

y de cómicos que morían sin éxito en los hospitales;

entre carpinteros de duras manos y tipógrafos de manos ágiles;

soñando en la cubierta de los vapores

y en los vagones de carga de los trenes internacionales;

con muchos días de soledad y de cansancio,

sin lágrimas, con los zapatos destrozados,

por las calles de Santiago o de Buenos Aires;

ganándome la vida y la muerte, a saltos,

como los tahúres o los rufianes;

cultivando, sin embargo, una gran rosa ardiente,

decidido y vacilante,

llegué donde tú me esperabas con tu ardiente rosa.

No traía sino mi don de hombre,

mi pequeña gracia de narrador

y tres abejorros con hambre.

2

Apretada e intacta, construida con elementos de lentitud y de ternura,

tú venías,

empujada por los vientos de Valparaíso

y a través de los cardúmenes de su bahía.

Por entre los álamos del Aconcagua

y tinajas hirviendo de dulce chicha,

acompañada de campesinos con las barbas mojadas de garúa

y huasos de ojos verdes, que cultivaban la poesía:

- Clara se llamó mi madre,

y mi padre, Claridad;

y yo me llamo Clarisa:

¡Miren que casualidad!;

entre normalistas azules que reían

y novios enfermos del pulmón, que morían

a través de niños que aprendieron a leer mirándose en tus ojos,

tu rosa cerrada para mis tres abejorros hambrientos traías.

3

Fuiste mía y fui tuyo "en el oscuro pensamiento de la noche".

Sin reservas, con locura y con ternura,

unidos en la sangre, en el aliento y en la piel

buscamos aquello que nos unía

y que nunca supimos que era.

Las largas noches eran nuestras, y nosotros eramos de la noche,

trabajadores fervientes, entre murmullos

y silencios de reposo y espera,

como mineros que buscaran o como joyeros que pulieran.

La piel fina y caliente de tu cintura,

la áspera piel de mis piernas;

mi boca impaciente y tu boca deseosa de obedecer;

mis manos como hormigas entre tu cuerpo de panal nocturno;

tu espalda que se arqueaba y mis largos y tenaces brazos;

tus duras piernas y mis insistentes rodillas entre ellas;

mi lengua y su apasionado itinerario.

Y tu recato y mi persuasión,

y tu arrullo y mi contenido grito

de hallazgo o de sorpresa:

en la alta noche, creando, latiendo, buscando,

trabajando con su propio material

su gozoso y limpio destino, esmeradamente.

Y de tu vientre

los abejorros brotaban chillando y mamando,

entre mis lágrimas de hombre y tus sonrisas de mujer.

4

Así ocho años como ocho rosas de doce pétalos

o simplemente ocho años.

A través de sus días y sus noches

tú mirabas blanquear mis sienes

y yo veía cómo tus labios perdían su frescura.

Pero era en tí donde moría mi juventud,

en mí moría la frescura de tu boca.

Alcanzábamos nuestro gozoso y limpio destino.

Los abejorros mamaban y crecían;

mi madre y mis amigos,

y tus amigas y tus parientes, se detenían

y se inmovilizaban en el espacio y en el tiempo,

helados, indiferentes a los sollozos y a las lágrimas.

Ocurrían revoluciones, y los carabineros

eximían de sus exámenes a algunos estudiantes

y de su vejez a algunos obreros;

pero ellos, por su parte, abandonaban a sus caballos en las calles

y en los conventillos a sus viudas,

y estas, llorando, cobraban escasas pensiones de viudez,

mientras los Presidentes de Chile iban y venían

y por allá se entretenían, rascándose o jugando al ajedrez.

Tranquilos, aunque envejeciendo,

contentos, aunque a veces fatigados,

veíamos caer la tarde y nos íbamos con ella,

conscientes de que atardecíamos.

5

Ahora,

desde el fondo de mi ser,

desde donde el aire se transforma en sangre

y desde donde la sangre se transforma en semen;

de más allá aún: desde donde río y desde donde lloro,

desde donde hablo y desde donde enmudezco,

desde donde me detengo y desde donde camino;

de en medio de los oscuros líquidos,

del centro de las blandas médulas,

desde la corriente de las linfas

y desde el bullir de los glóbulos;

desde donde tú puedes vivir en mí

y desde donde yo puedo vivir en tí:

tu recuerdo surge y me lame como una dulce llama,

como una dulce lengua,

¡oh, mujer mía!

6

Y busco tu rostro y tu cuerpo más allá de la muerte.

Inútilmente. La muerte no me da sino tu boca abierta

y el coágulo de sangre que salió de ella.

¿Eres tú? No lo eres. No te reconozco muerta.

Busco después tu rostro y tu cuerpo

antes de que la muerte te entreabriera la boca.

Inútilmente también. Imágenes dispersas acuden:

las manos con blandos hoyuelos,

la piel clara de los muslos,

el vello dorado del pubis,

los ojos de íntimo reflejo verde,

el vientre de niña que mi amor marchitó

y que yo amaba por sus estrías:

expresión de mi hombría y de tu feminidad.

Imágenes táctiles, olfativas, de sabor:

mi mano siente a veces el calor de tu cuerpo,

mi lengua el sabor de la tuya,

mi nariz tu olor nocturno.

Repartida a lo largo de mis recuerdos y mis sentidos,

estás en todas partes y no estás en ninguna.

7

Los abejorros te tienen, sin embargo.

aprisionada por raíces que la muerte no puedo romper,

en ellos estás, en sus miradas, en sus risas, en sus voces,

y en ellos me miras, me sonríes y me hablas.

Y en ellos te miro, te sonrío y te hablo

mientras camino, con mi gran rosa ardiente,

hacia donde tú estás con tu deshecha rosa.